Para mi mamá Socorro Favela y para mi tía Delfina.

EL LIBRO DE PLÁSTICO

Mi tía siempre ha pensado que el plástico es la solución de este siglo. "Entre más de plástico sea, mejor". Le gustan mucho las telas hechas de poliéster porque son las que más se acercan al plástico. "Hasta huele a plástico" dice ella "cuando uno lo lava". Desde que salió la terlenka en los 70's ella no se viste de otra cosa. "La terlenka es la liberación de la mujer, el fin del planchado", dice mi tía Leonor mientras recoge la ropa del tendedero.

Siempre trata de que entre el plástico hasta en su comida. El pollo le encanta. Cuando vuelve de México al primer lugar que se encamina es a Kentucky Fried Chicken, porque dice que ese pollo si que sabe a plástico, no como el pollo de Canatlán que le da diarrea a toda la gente. Y es que los americanos son tan pero tan limpios que si algo no huele a plástico, está sucio.

Cuando ocurrió el temblor mi tía estuvo más orgullosa que nunca porque a toda la gente en Watsonville se le quebró la vajilla, menos a ella, porque era de plástico. Entonces me dijo: ya ves mija si me hubieras hecho caso cuando te casaste y te dije que compraras vasos de plástico, no tendrías media tonelada de vidrio en el piso. Y así anduvo convirtiendo a ilusos después del terremoto. Se metió a vender piezas de cocina para Tupperware y ganó un montón de dinero aprovechando la desgracia sentimental y los destrozos que el terremoto dejó en el '89.

Para mi último día de santo mi tía me regaló un muñeco gigante de plástico. Cuando lloro él me acaricia sin que tenga yo que preocuparme por mancharle la camisa, o porque no le guste ver a una mujer llorar. Cuando escribo un poema se lo leo. Cuando quiero tener un hijo, le pongo nombre de niño. Cuando quiero hacer el amor, me escucha. Cuando quiero un amigo me acaricia con los ojos y con sus manos soñolientas de plástico.

Mi tía se toma las enfermedades muy en serio. Hasta le pusieron venas de plástico cuando se enfermó del corazón, y ella feliz. Siempre dice que sin el plástico la técnica medieval de la medicina no habría mejorado mucho. A los pechos de plástico con silicona que se pusieron todas esas mujeres, por razones estéticas y que ahora se están muriendo de enfermedades raras, ella no les echa la culpa. Dice que tienen que haber comido demasiado pan en vez de tortillas y que por eso les resultó mal la cirujía.

Todos sus zapatos son de plástico. La vaqueta no le gusta porque dice que cómo se va a poner la piel de un animal sobre su misma piel. En México siempre usó huaraches de plástico de esos que usaban las mujeres de rancho para que no importara si pisaban un charco.

Mi tía dice que los libros también debieran ser de plástico porque así no se mojarían cuando lloraramos sobre ellos, y se solucionaría el problema de las cenizas. Ella dice que las cenizas del papel quemado son los deseos que los muertos nos ponen en los sueños y que respiramos de la tierra cuando nos dormimos enamorados.

Si algún día yo escribo un libro, lo quiero hacer de plástico para que los enamorados puedan llorar sobre él, los niños lo usen como juguete, las abuelas como un objeto mágico que roba malos ratos y las mujeres como guarida que no van a salpicar al estar cocinando o lavando los trastes, y sobretodo para que mi tía sepa que yo creo que lo plástico puede ser también lo más bonito, lo más sagrado, y que me crea cuando le digo que el muñeco de plástico que me regaló para mi santo es el mejor hombre que he conocido.